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Espiritualidad y Conciencia

¿Cuándo terminarán las guerras?

Una reflexión sobre cuándo terminarán las guerras desde un punto de vista espiritual apoyado en diferentes enseñanzas de sabios de la Cábala.

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Creo que las guerras no empiezan en los territorios sino en la conciencia. Lo que vemos estallar fuera suele ser la forma visible de algo que antes se consolidó dentro de las personas y de las sociedades. La Cábala ha insistido durante siglos en que el mundo exterior es un espejo del interior colectivo. El propio Baal Shem Tov enseñaba que aquello que uno ve en el otro es un mensaje sobre sí mismo. No lo decía como metáfora moral, sino como descripción de cómo funciona la realidad cuando se la observa desde la raíz espiritual.

Por eso me cuesta creer que se pueda producir una guerra entre buenos y malos. Esa lectura binaria es muy simplista, y normalmente pertenece a un nivel de conciencia todavía inmaduro, donde se divide la realidad en bandos absolutos para sentirse seguro.

Isaac Luria explicaba que el mundo está en proceso de tikún (rectificación) porque está hecho de fragmentos que olvidaron su origen común. Cuando uno cree que el mal está solo fuera, lo que en realidad está haciendo es proteger su propia fragmentación y negando su oscuridad interior, ese gesto ya es parte del conflicto.

El problema no es solo que esa visión simplifique el mundo, sino que además permite deshumanizar al otro. Cuando conviertes a alguien en símbolo, en enemigo o en categoría, dejas de percibir su chispa divina, lo niegas en absoluto.

El Zóhar advierte precisamente de eso cuando insiste en que todas las almas comparten una raíz única aunque se expresen de formas opuestas, negar esa raíz común es una forma de idolatría mental, porque absolutiza una identidad parcial y la convierte en verdad total, es una parte diciéndole a la totalidad que solo mi parte contiene la Verdad.

También pienso que culpar únicamente a los dirigentes políticos es una trampa cómoda, los líderes visibles son siempre una expresión del estado interior de la sociedad que gobiernan, y un espejo de sus sombras. No aparecen de la nada, surgen porque encarnan rasgos que ya están latentes en la conciencia colectiva.

Si una sociedad está dominada por miedo, resentimiento o necesidad de superioridad, eso terminará tomando forma política. Cambian los nombres y las banderas, pero la estructura profunda se repite.

Desde ahí la responsabilidad se vuelve incómoda pero liberadora, si lo que me fricciona tiene algo que ver conmigo, entonces cada conflicto que percibo es también material de trabajo interior. No significa negar la injusticia ni justificar el daño, significa no perder la oportunidad de comprender qué parte de mí podría convertirse en aquello mismo que rechazo si se dieran ciertas circunstancias.

Los sabios insistían en que el verdadero trabajo espiritual no consiste en huir del mal sino en refinar la raíz que lo hace posible.

Tal vez las guerras terminen cuando deje de existir suficiente gente capaz de creer sinceramente en bandos absolutos, en buenos y malos. No cuando un lado venza al otro, sino cuando la mente humana ya no necesite dividir la realidad y confrontarla para sostener su identidad. Mientras esa necesidad siga viva, la historia encontrará formas de representarla.

Al final todo vuelve al mismo punto, el mundo no cambia solo porque cambien las estructuras externas, cambia cuando cambia el estado de conciencia desde el que las personas lo sostienen. Y ese trabajo, por incómodo que sea, nunca empieza fuera, siempre empieza en uno mismo.

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